domingo, 2 de febrero de 2020

CAPICÚA


Una,

(más vale saberlo)

no puede asir al río que pasa,

o al relámpago de las horas fijas

en una oscuridad

construida a modo de caricia,

de complicidad

y de un miedo de abismo

o del mundo.

Una,

(y eso tiene su belleza)

no consigue permanecer

en ese contacto,

pequeñísimo incendio

dentro del núcleo simple

de lo que pulsa siempre

al contacto con

al encuentro de

al hechizo para.

Una recuerda

la sutil inflexión de esa voz

que se quiebra al final

cuando le nombran,

en un nombre-cuerpo

diseñado de iguales formas

por lo impronunciable.

Una se recuesta cuando puede,

cuando es propicio

en la facilidad del tacto

y la cadencia,

en la inmediatez

y dulzura

del aliento que se aproximó

a sabiendas de que de ahí

el caracol también ha de mover su casa.

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