Una,
(más vale saberlo)
no puede asir al río que pasa,
o al relámpago de las horas fijas
en una oscuridad
construida a modo de caricia,
de complicidad
y de un miedo de abismo
o del mundo.
Una,
(y eso tiene su belleza)
no consigue permanecer
en ese contacto,
pequeñísimo incendio
dentro del núcleo simple
de lo que pulsa siempre
al contacto con
al encuentro de
al hechizo para.
Una recuerda
la sutil inflexión de esa voz
que se quiebra al final
cuando le nombran,
en un nombre-cuerpo
diseñado de iguales formas
por lo impronunciable.
Una se recuesta cuando puede,
cuando es propicio
en la facilidad del tacto
y la cadencia,
en la inmediatez
y dulzura
del aliento que se aproximó
a sabiendas de que de ahí
el caracol también ha de mover su casa.
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