Una semilla antigua,
vencida,
cae a la tierra
sin saber
qué suerte de laboratorio terreno
ha de reverdecer
la vida que se incorpora
alrededor de su imposibilidad
de ser fruto o de ser flor.
Siente amargura,
la semilla,
si no adivina
los delicados laberintos
que en su frágil textura
esconden el grito
de la no vida
que aguarda
la vida
(como una piedra
nunca sabrá
de las ondas que su caída
desmadejó
en la tela del agua).
Sinfónicos y cadenciosos
son los universos del desatino,
tiempo imperfecto
de los dioses de los destinos.
(La cáscara
que guardó al fruto maduro
como una antigua
y esplendorosa mansión
con sus murmullos
cumple como yo,
su propio sino).
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