El astrónomo, como yo,
buscaba en el cielo
la respuesta
contra los venideros naufragios,
y contra la temida,
solitaria
y silenciosa
tragedia
de mil navegantes perdidos.
Yo ya no le deseo,
no busco más,
voy con paciencia de ciega,
reconociendo
con cada parte de mi cuerpo
el paisaje de este amor
y las veredas
que se parten.
Yo las transito,
luminosa que soy,
nunca lo supe:
que este amor-caracol
vuelve a mi encuentro
con sus caminos
trazados por mil ciegos,
en las estrellas.
Y que estos caminos
llevaban a mi propio cuenco,
y a mi propia sed.
Hija, como todos,
de los días fardos,
de los días constelados,
de los días polvo
y desiertos absolutos.
Y así es que suelto al viento
lo que yo sueño:
amo más lo que no me pertenece,
sinuoso camino de morenas vías,
vientre del mundo,
árbol inmenso de dulce fruto.
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